En esta ocasión salimos de la Biblioteca pero llegamos cerca, vamos a la Papelería Altea, en la que nos atiende Amaya, el escaparate nos llama la atención, igual que siempre ha ocurrido con el resto de tiendas, es un aspecto a tratar desde la educación no formal que nos preocupa por la gran atracción que genera y los códigos de lectura crítica que requiere. 

Amaya atendiendo a sus intereses les muestra diferentes cuentos y juegos por los que preguntan.

Pasando por el Colegio Balmes encontramos el juego estructurado y el juego espontáneo en la calle. Vicenciamos el juego en la calle a través de las pintadas de juegos del Ayuntamiento de Valencia frente al colegio, y más tarde jugamos a inventar posibilidades. En la creación de este ambiente de respeto una de las niñas del grupo dice: “El mundo es como un parque puedes saltar, correr, puedes hacer muchas cosas”, seguramente refieriéndose a las posibilidades de juegos e interpretaciones de la calle desde el tiempo libre no estructurado. Es decir, para S. el mundo es ahora la calle de la ciudad, y su presente, es el momento vivido en ese preciso instante, ella con su inteligencia había entendido el propósito de este proyecto: posibilitar a la infancia el juego y disfrute de las calles de la ciudad, y reivindicarlo en sus limitaciones.

Siguiendo el recorrido llegamos a un portal muy curioso, y es que nos damos cuenta que aquello que nos sorprende, que es diferente y que nos encontramos por casualidad nos ofrece múltiples posibilidades de aprendizaje. Se trata de un portal en el que hay un cristal y en su interior una especie de escenografia, una fuente de mármol y plantas adentrándonos en la fantasía, hacemos creer que dentro de ese espacio mágico puede estar Pepita, nuestro lagarto. Esa fuente podría ser una bañera para Pepita… De pronto escuchamos ruidos y vemos algo en el agua, ¡una piedra que podría ser un huevo de lagarto!

Por un momento el silencio se hace presente y nos adentramos en esta historia, que va creciendo con su imaginación, ¡pues aseguran haber visto algo!

El gesto nos acompaña a las educadoras, las voces y como no…el juego. De pronto nos volvemos unos cuerpos congelados, pues todo comienza con el tiempo, el tiempo del pasado… En el mismo portal había un montón de panfletos de publicidad en los que se podía leer algo así como “Compro antigüedades”, este material se convierte en una oportunidad junto con el reloj de pulsera de une de les niñes. Jugamos a congelar el tiempo y a pensar que esa publicidad nos la ha dejado Pepita a modo de pista.

Con pasos congelados y a trompicones llegamos a otro cartel: “Reciclamoda”, entramos y una señora mayor, con muchos años de trabajo en sus piernas nos regala un lápiz, y nos cuenta su historia. N. ya no puede seguir trabajando porque tiene una pierna enferma. La cruda realidad se topa ante nosotres, en forma de generosidad, por el presente y por sus relatos.

De un retrato oral pasamos a una tienda de cámara analógicas, otro viaje, este a través de los films. Maria de Carmencita Film nos enseña el funcionamiento de las cámaras analógicas y nos regala algún carrete viejo ya revelado. Les contamos lo remoto de esos carretes, la de historias que ya no contienen y sus diferentes probabilidades de procedencia. Hay mucho interés en el grupo por manipular las cámaras. Este camino se va terminando y algunes narran sus vínculos personales con el barrio: casa de les yayes o el reconocimiento de un símbolo reivindicativo de “COVID” anteriormente visto a modo de stencil por el barrio

En la siguiente sesión se acoge la idea de recogida de información, del pasado y del presente, de lo vivido y se construye con elles unas cámaras de cartón “analógicas”, se les anima a crear sus propias cámaras con funcionamiento real.  Vemos fotografías antiguas  de algunos lugares como la iglesia o el mercado, el antes y el después. 

También se crean unas libretas DIY, a falta de las libretas proporcionadas, del olvido hacemos una oportunidad. Y en todo este archivo aparece por sorpresa un señor mayor que nos cuenta la historia de Valencia y de Ruzafa.

A la vuelta a la Biblioteca y paseando por el mercado, como si este y nuestro caminar fueran un símbolo del paso del tiempo, les niñes se cuestionan sobre el valor del tiempo y su control, y surge una frase brillante: “Yo creo que para que el mundo pudiera seguir mejor les seres humanes deberíamos vivir sin cerebro.”

A lo largo de estas sesiones hicimos roles con tal de equilibrar las energías del grupo, no obstante, más tarde nos dimos cuenta de que no terminaban de funcionar por las fluctuaciones del mismo grupo.

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