Comenzamos la aventura en un espacio en blanco, desconocido. Les niñes van llegando, sentades en el suelo tratamos de crear un lugar de acogida, de referencia. El círculo se va completando por pequeños puntitos que terminan por disgregarse y pegarse a la pared, como el blue-tak que queda como vestigio en esa habitación que ocupamos, un recuerdo de otra actividad pasada. La actividad sale de elles y consiste en quitar ese moco de pared, que sirve como reconocimiento espacial y vínculo. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos aquí?

En la sala de la Biblioteca Al-Russafí: “Mi mamá está embarazada”. Es una de las cartas de presentación, y es que hay tantas cosas que decir y escuchar que se entremezclan todas juntas creando una sinfonía de voces grupal en la que cuesta entenderse. El entusiasmo está disparado y las palabras, las anécdotas y las presentaciones se precipitan pintando las paredes.

Entre palabras hiladas se oye un “¿qué te pasa?” a lo que se responde “creo que he perdido a Pepita, mi lagartija”, poco a poco el movimiento deambulatorio circular por la sala se va frenando y se va creando un muro de incertidumbre, pena y preguntas. Bajamos al suelo, y mientras la dueña acaricia la antigua madriguera de su mascota, van surgiendo preguntas y más preguntas: “¿tiene pelo?”, “¿pero cómo puede ser que sea tan estranya y les científiques no hayan preguntado por ella?”, “¿la querías mucho?”, “cuándo la viste por última vez?”, “¿qué le gusta comer?”, “¿dónde vive en su hábitat natural?”, y un largo etcétera que durará días y noches.

Hay distintos ritmos y  maduraciones distintos, el grupo es muy diverso y las energías de cada componente tratan de encontrarse en esa explosión de llegada.

“Yo creo que es mentira”, afirma B., una frase que podría caer en sentencia y que pronto se desvanece entre esos ojos de niñes que tienen hambre de cuento y fantasía. El brillo del resto de ojos decía “¡cuéntame más, cuéntame más!”, y éste se deshizo de su propio adulto interior que le tiraba del jersey para atrás, pues segundos más tarde decía: “bueno, o igual no es mentira”. Porque ahora les adultes nos preguntamos, ¿qué es verdad y qué es mentira en la ciudad? ¿y en Ruzafa?

Cada cuál interpreta su papel, con la diferencia, con la similitud. Todes se conocen, excepto une compañere, pues son compis de autobús, comparten un paisaje común, un trayecto, y ahora inician otro.

También hay un anciano que les ha acompañado a todes desde que tienen uso de razón, el árbol más anciano del cole que comparten, a quien le guardan especial cariño y del que partimos para nombrar desde el libro de biología de M. y desde el imaginario de cada cual hacia el renombrar y el reconocimiento de los árboles del barrio, de Ruzafa.

“Hay uno en un parque que tiene flores rosas”, “pues yo no sé ningún árbol”, “desde mi balcón se ven árboles”…¿y cuántos árboles nos quedan por caminar?

Estamos al comienzo del proyecto y vamos sentando las raíces de un recorrido que no sabemos dónde nos llevará, y en esta incertidumbre, y en las miradas adultas, infantiles y hacia y entre la infancia estamos.

Sacamos la piscinita de Pepita, le ponemos agua, sacamos su lechugita y dejamos trocitos de su comida favorita por todos los rincones.

Hay una puerta que no sabemos dónde nos llevará, y une niñe que tiene nombre de árbol y que se mueve como cola de lagarto, propone: “¿y si Pepita está ahí?”, entramos sigilosamente, porque en la inspección anterior dijimos que estábamos en una biblioteca y que tras abrir esa puerta nuestras voces cambiaban. Atravesamos todas las puertas habidas y por haber, pero no hay rastro, y en la última puerta…¡Está todo lleno de libros!

Nos cuesta escucharnos, las piezas de lego nos ayudan a entender que somos un equipo, aunque de vez en cuando se oye, valga la redundancia: “¡he oído algo!”.

“Jo estava fent una estrella perquè la font té aquesta forma” (la fuente de la plaza de Ruzafa).

Proporciones, distancias, referencias, conexiones, interpretaciones, fugas, derivaciones…

Las propuestas llegan a partir de: “¿en qué sitios podría estar la lagartija?”. “A la lagartija le gusta el sol, y el agua”,  “pues en mi casa hay un pasillo de luz”.

Pensando los lugares soleados desde una noción atemporal viajamos por imágenes, por recuerdos del barrio, desde una biblioteca que lee las mentes de les niñes, en su propio archivo municipal. 

Desde las pequeñas islas que somos vamos creando un plano, y las partes de van uniendo con los caminos de las lógicas más dispares, la diversidad enriquece la interpretación de las paseantes, pues se van sumando las aportaciones de todas. Se trata de un plano primero a pequeña escala y luego a escala humana que juntes transitamos: de los jamones de Emilio, en el Mercado de Ruzafa, pasando por la zapatería, la plaza, la lavandería, el horno de la Estrella, el restaurante La Perla, llegando hasta un tobogán que I. pone en la última sesión, antes de marchar, como muestra de su confianza en el grupo, quién ha llegado la última y tiene un silencio lleno de arcoíris.

Resultan muy interesantes los distintos pareceres, las distintas maneras de abordar los rincones de Ruzafa, los vínculos y los ejemplos que dan, el ir y venir de lo tangible a la ficción. Una nave espacial es la biblioteca, y lo dice el más mayor del grupo, quien minutos antes se aferraba al pensamiento racional y a la validez científica para resolver el misterio de la lagartija perdida. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.